Identificación de incentivos no monetarios para el diseño efectivo de medidas contra el Cambio Climático: El papel de las cooperativas agroalimentarias murcianas.
La agricultura ocupa un lugar central en los desafíos ambientales del siglo XXI, al ser una
actividad esencial para la seguridad alimentaria y el desarrollo económico. Sin embargo,
está fuertemente condicionada por el cambio climático. Esta doble condición sitúa al
sector agrario en una posición estratégica dentro de las políticas de mitigación y
adaptación climática (Malhi et al., 2021).
El sector agrario es uno de los más expuestos a las alteraciones climáticas, como la
variabilidad de las precipitaciones, el aumento de las temperaturas o la aparición de
fenómenos extremos, como las sequías o las inundaciones, que afectan directamente al
funcionamiento de las explotaciones. Estos cambios reducen la productividad, aumentan
los costes y ponen en riesgo la viabilidad económica, especialmente en regiones
mediterráneas como la de Murcia, donde la agricultura depende fuertemente del regadío
y los fenómenos extremos son habituales (Pérez-Lucas et al, 2024).
Al mismo tiempo, el sector agrario también contribuye a las emisiones de gases de efecto
invernadero y ejerce presión sobre recursos naturales limitados, lo que lo convierte en un
agente activo del cambio ambiental. Por ello, se espera que desempeñe un papel clave en
la transición hacia sistemas productivos más sostenibles y resilientes (Li et al., 2024;
Stupar et al., 2024).
En este contexto, avanzar hacia una agricultura más sostenible se ha convertido en una
prioridad para las políticas públicas y todos los agentes del sector, como las
organizaciones agrarias, ya que la sostenibilidad constituye un componente central de la
estabilidad económica, social y territorial en armonía con el entorno. Esto requiere
reorientar la gestión del agua y del suelo, fomentar la biodiversidad y adaptar las
explotaciones agrarias a escenarios climáticos inciertos (Boix‐Fayos et al., 2023a).
Las prácticas de cultivo respetuosas con el medio ambiente son herramientas
fundamentales para esta transición, al mejorar la eficiencia en el uso del agua, reducir
insumos y preservar los ecosistemas. Sin embargo, su adopción sigue siendo limitada
debido a barreras económicas, cognitivas, sociales y técnicas que condicionan la
disposición de los agricultores al cambio (Yang et al., 2024; Țopa et al., 2025).
En este sentido, la literatura reciente señala que la adopción de prácticas agrarias
sostenibles no depende únicamente de incentivos económicos directos, sino también de
factores conductuales, sociales y organizativos que influyen en la toma de decisiones de
los agricultores. Aspectos como el reconocimiento social, la información personalizada,
la simplificación administrativa o la generación de normas sociales favorables pueden
actuar como catalizadores del cambio, complementando a los instrumentos económicos
tradicionales (Dessart et al., 2019; Kuhfuss et al., 2015).
Estos enfoques, comúnmente denominados incentivos no monetarios o empujones
(nudges), ofrecen un marco de intervención especialmente relevante en contextos donde
las limitaciones presupuestarias, la incertidumbre climática o la complejidad técnica
reducen la eficacia de las políticas basadas exclusivamente en subvenciones.
En territorios con elevada presión climática e hídrica, como la Región de Murcia, esta
problemática adquiere aún una mayor relevancia. La escasez de agua, la dependencia del
regadío y la competitividad productiva hacen de la sostenibilidad un reto urgente, por lo
que comprender los factores que influyen en la adopción de prácticas sostenibles resulta
clave para diseñar estrategias eficaces de apoyo al sector agrario (García-Marín et al.,
2020).
Identificación de incentivos no monetarios para el diseño efectivo de medidas contra el Cambio Climático: El papel de las cooperativas agroalimentarias murcianas.



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